• Fernando Martín Velazco

Alcíone


El mar, no ya alterado,

ni aun la instable mecía

cerúlea cuna donde el Sol dormía;

y los dormidos, siempre mudos, peces,

en los lechos lamosos

de sus obscuros senos cavernosos,

mudos eran dos veces;

y entre ellos, la engañosa encantadora

Alcione, a los que antes

en peces transformó, simples amantes,

transformada también, vengaba ahora.

El sueño, Sor Juana Inés de la Cruz

Erraron tantos sobre ti

que acaso no estaré yo

equivocándome ahora

al entrar en estas aguas

tibias del primer desierto

septentrional,

a la primera mañana

del plenilunio,

cargado de símbolos

y dudas,

buscando acaso

un murmullo más lejano

de un añejo deseo ajado,

apenas tan reciente

como el despertar

de tu último viaje,

de la búsqueda

de no hallarte,

de la soledad de navegar

esperando ese regreso

al que no llegamos nunca,

esa ansia de respuesta

que antecede al lenguaje

y la ternura,

¿serán los símbolos

estatuas de salitre,

serán los recuerdos

las pruebas de tu verbo

impasible?

estación del último sueño

sumergido,

la brisa del efebo naufragante,

noción de Ulises

en los cantos de sirena

y el engaño que sufrió

la pena, de un pájaro

que se sumerge en la noche

hecho viento, trago

de suspiros y violentas

estrellas.

¿Estaré errando ahora yo,

como he errado tantas otras veces?

Errante astrónomo

en percebes,

inconstante amante,

insólito oleaje

de los dólidos que menguaron

el fondo de un poema.

Pesca de arrastre

de la hondura del recuerdo,

no sólido ni cíclico,

no fue constante aquel asedio

a la mirada y la libertad amante,

anhelo porfía

de encontrar al fin

a la sinceridad un asidero;

descubrí un tesoro sin quererlo

ya habiéndolo roto,

ya recogido en fragmentos,

descubrí un invierno

en su lecho de palabras

que escapan,

falté a mi cita

por un mal cálculo,

mi barco

se nos perdió en la orilla,

y en mi encuentro contigo

estaba una alternativa

que al no volver

se me cerró para siempre.

La vida no es un verso,

es acaso un silencio que navega,

los naufragios

hicieron del exceso

sus poemas.

Ahora mis fracasos

cantan, junto a todos aquellos

que no supieron hablarte.

Errar, sin fin,

como olas que regresan

a su corriente alterna;

errar en cada luna llena

y en las mañanas de ensueño,

cuando creemos que las nubes

y las brisas, nos llaman.

Errar en ti, ballena,

errar infinitamente

al no entenderte y pensar

que al entenderte

sabríamos más sobre aquello

que tus generaciones

vierten,

de una a otra

sin agotarse.

Creer en tu voz

mayor sabiduría

que la belleza del ritmo,

creer, haber mayor ciencia

que la cadencia del símbolo,

de su misterio infranqueable

y melódico,

del vibrar del agua

como suspiro afónico;

errar en ti, una vez más

y siempre de nuevo,

una vez más diferente,

errar en ti como en cada anhelo,

errar como el recuerdo que te traigo

en la búsqueda de consuelo

de un misterio que se interesó por ti.

Mintió Aristóteles

cuando negó tu voz,

el canto de frecuencias

que conduce las mareas

y confunde a los equinodermos;

empero intuyó tu sueño

atrapado en vientos

que has sumergido,

intuyó una inexpugnable voluntad

colectiva y paciente:

“vámonos al mar”, dijo una ballena,

“dejemos la tierra” habrá respondido

una compañera

cuyo suspiro se le sincronizaba.

Y así de entusiasmo

a entusiasmo,

diez mil generaciones de ballenas

habían lentamente abolido

sus extremidades,

cambiado sus dietas,

contagiado a sus células

en cadenas ribosómico nucléicas

y los sueños

engendraron mutaciones.

Así intuyó Aristóteles,

pero no supo escribirlo,

que si nuestros sueños fueran contagiosos

podríamos un día

abolir los diccionarios

y habitar una laguna;

intuyó al mentir

que una noche

ballenas y hombres,

mujeres y misticetos,

quedaríamos unidos por la luna

entre cantos mamarios

y bosques de neblina,

entre versos

más recientes

que la respiración del azar.

Errar en ti,

seguir mintiendo,

pensar acaso

que al venir a buscarte

encontraremos pronto un nacimiento.

Creer en el errar

como se navega en el cantar,

sentir en ti,

la transparencia del mar;

dejar de sentir miedo

y hallar en tu temblor

el estremecimiento

de una laguna en la que

tus cantos han dado

una forma nueva al universo.

Mentir de ti,

errar en tu mentira,

llevarme a la amargura

De estar lejos de aquí;

Ballena:

Las islas

Se sumergieron en los abismos de tu memoria.

Nos devoró el mar

para borrar la historia.

En cada canto al despertar;

en cada sueño que crepita:

háblame ballena;

luz que titila en la noche;

luz, que los recuerdos olvidan,

animal de dudas y conjuros,

ballena de los ángeles susurros,

hija de recuerdos,

laguna de zenfiros y estrellas:

¿Habré de darte yo

una nostalgia

y un poema?

Olvidamos quizá:

así se olvidará esta mañana:

así se ha hecho la noche previa

de objetos que adolecen en su agua ausente,

Ballena:

¿Qué es ese deseo

que en la noche miente?

¿Qué es esa mujer que respondió a la metáfora de un viaje

y huyó

Para quererme siempre; qué es ballena

Lo que los versificadores de tu exterminio llamamos

Amor,

¿Quién fue, quién en tus lágrimas de historia

clamó perdón?

¿Quién fue, ballena,

quien un fin de año

dudó

y de repente dijo:

“¿cómo se hace cuando se quiere todo

y se cree en la inocencia de no necesitar nada?”

Y luego lo necesitó todo;

Qué misterio infranqueable

se manifestó en deseo

que de abrupto se abre

en mil ensueños que la noche

sabe

polvo de cien mares,

que se vierten en la noche;

¿Quién, ballena, te dijo

al nacer que te quería

al abrazarte,

para luego exterminarte?

Ballena:

Lo perdiste todo.

“¿qué hacer con los silencios?”

acaso fuera yo uno de ellos,

¿podrás decirme tú,

por ella, responderle ahora

un algún algo que valga la pena?

Dar sentido,

a la marea de pena,

saber que en cada ocaso

yace una odisea nueva;

y que el desierto

en sus retos infranqueables,

cuando habla de mujeres

que han convertido abusos

en incógnita de penas

Ariosto te señaló hechicera

En el albor de una estatua humillada.

“Engañadora por excelencia” escribió un tal Mateo Alemán;

entre los peces dormida

en su laguna

su condena futura:

Un poema que escribimos

y que nos hizo naufragar.

Ballena estamos

en las puertas de lo que serás.

Ballena:

Ábrete a la luna llena;

No sabremos qué decirte,

Pero quizá sabremos, al fin, a quién cantar.

#FernandoMartínVelazco

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