• Fernando Martín Velazco

Una migrante perdida en el Mediterráneo

No ajena al folclor europeo es la consideración del varamiento de una ballena como designio divino o premonición de una guerra. De engañosa novedad resultará sin embargo, su asociación al cambio climático y otras transformaciones de orden geológico.


Este año, la aparición de una ballena gris en las costas del Mediterráneo ha cautivado la imaginación de los habitantes del sur de Europa y del norte de África. En un caso de escasos precedentes —en 2012 otro ejemplar de dicha especie apareció frente a las costas de Líbano—, el cetáceo juvenil de ocho metros se ha desplazado de su ruta migratoria en el Pacífico oriental para trazar un derrotero similar por la costa del Atlántico. Ha ingresado así a un vasto mar estéril de sus fuentes de alimento y repleto de tráfico marítimo. Cuando la primavera ha marcado el tiempo de regresar a su ecosistema estival, Wally —como ha sido llamado el ejemplar— no ha encontrado el camino de vuelta a casa.



La ruta meridional del cetáceo ha contado con la amplia cobertura de medios de comunicación, gobiernos y ciudadanos curiosos. Al fenómeno se ha referido una explicación alarmista en la misma proporción en que es verdadera: el derretimiento de los polos a causa del calentamiento global ha permitido a la joven ballena equivocarse de océano.


No es extraño que las ballenas jóvenes cometan errores fatales durante su ruta migratoria: cada año una significativa proporción de ballenas grises fallece en la ruta del Pacífico americano, y otras tantas se retrasan en su regreso al Ártico. Resultará significativo en el caso de este particular ejemplar, el hecho de que cuente con pocos motivos para la resiliencia. A riesgo de quedar varada frente a las costas turísticas de Mallorca o colisionar con una embarcación, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico de España ha previsto su sacrificio para aminorar su sufrimiento.


Confirma esta consecuencia, el carácter de un cuerpo muerto de ballena como presagio de lo que la rodea. En efecto, el cetáceo vivo es un riesgo para la navegación, como muerto una fuente de pestilencia. Difícil no intuir sin embargo en ambas actividades económicas humanas para las que el cetáceo es ahora una amenaza —el turismo masivo y el comercio por vía marítima—, causales significativas del cambio climático que la ha llevado a costas europeas.




Escapar a la urgencia del acontecimiento sin embargo, nos permitirá advertir en el mismo su relación con algunos antecedentes arcaicos.


En 2018 un equipo de investigadoras del Centro de Ecología Funcional y Evolutiva de Francia y arqueólogos de la Universidad de Cádiz, confirmaron lo que la historiografía nos hacía sospechar. En un sitio arqueológico romano ubicado en el litoral del estrecho de Gibraltar, se dio el hallazgo de huesos de ballena gris junto a instrumentos de una olvidada industria ballenera, lo que confirma la existencia de la especie en costas del Atlántico y su extinción de este océano varios siglos antes del inicio de la industria ballenera moderna. Los motivos de dicha extinción prevalecen irresueltos, habiendo quien apunta a su explotación en la antigüedad por el imperio romano y los balleneros vascos, o bien, a la desaparición de la costa del Atlántico de ecosistemas de albuferas como los existentes en la península de Baja California en el Pacífico, ya sea por motivos geológicos, antropogénicos, o ambos.


Las albuferas —también llamadas lagunas— sirven en el Pacífico como refugio para las jóvenes ballenas, así como sitio de cortejo, reproducción y crianza. Su importancia para la supervivencia de las ballenas grises, así como la inaudita dimensión de su desaparición en el viejo continente, queda perfectamente retratada en fuentes históricas europeas:


“También las ballenas pasan a nuestro mar. En el Océano Gaditano, se dice que no se ven hasta invierno, porque en el tiempo de estío se entran en algún golfo capaz para ellas y agradable, y allí paran holgándose grandemente. Dicen que saben esto las orcas, bestia muy enemiga de las ballenas y cuya forma no se puede declarar con otra semejanza, sino con la de una gran máquina de carne armada de terribles dientes. Estas pues, van furiosas a las partes secretas donde están las ballenas, sus hijuelos y las recién paridas, y también a las preñadas las despedazan a bocados, y acometiéndolas desenvueltamente las barrenan y pasan como puntas de ligeros navíos. Pero las ballenas, poco ligeras para poderse revolver, flojas para defenderse y cargadas con su propio peso, y más con estar preñadas o desmayadas con los dolores de parto, no tienen otro remedio sino huir en alta mar y defenderse con todo el Océano.”


Con estas palabras escritas en el siglo primero, el historiador griego Plinio (la traducción es de Jerónimo de la Huerta de 1624) describía con asombroso detalle un fenómeno hoy perfectamente observable en las costas californianas. Es precisamente del acoso de las orcas, que los refugios invernales protegen a las ballenas grises y son por ello garantes de su supervivencia. Además son probadamente un sitio de alimentación y descanso durante el invierno.


Esta crónica de Plinio es ilustrada catorce siglos después por el naturalista Conrad Gessner, quien vivió en una Europa sin ballenas grises, pero quien atendiendo a las fuentes históricas ilustra con fascinación las diferencias entre orcas y las ballenas extintas retratadas por las fuentes clásicas. En su representación visual, se puede distinguir a la cría amamantarse mientras le acecha una orca, que identificamos por su notoria aleta dorsal de la que carecen sus potenciales presas.



Estos antecedentes históricos, lejos de relativizar el efecto de la actividad humana en los ecosistemas del planeta —la extinción Atlántica aquí descrita sucedió paulatinamente a lo largo de varios siglos, cuando el cambio climático es un fenómeno que inició hace apenas unas décadas—, nos muestra la importancia de la cultura como un elemento indispensable para descifrar la complejidad de los cambios a los que estamos sometiendo a innumerables especies.


“Las nombramos pero no sabemos cómo son. Las ballenas siempre están en otra parte”, escribe Isabel Zapata en su libro Una ballena es un país. Como nos dicen los estudios ecosistémicos, una vez muerta, una ballena también es una gigantesca morada para miles de organismos vivos.


En el artículo de 2014 titulado “Ballenas como ingenieros ecosistémicos” publicado en Frontieres in Ecology and the Environment (https://doi.org/10.1890/130220), se describe cómo los restos de ballenas proveen de alimento y estructuras habitables a más de 200 especies de macrofauna. Desde hace varias años la oceanografía apunta que una de las razones de la menor fertilidad pesquera del océano Atlántico respecto al Pacífico sea precisamente por la extinción de ballenas durante la caza industrial de los siglos XIX y XX.


Posiblemente por la disminución de sus poblaciones atlánticas, los gobiernos europeos se han desacostumbrado a los varamientos de ballenas en sus costas y se sientan más cómodos en litorales pulcros aunque notoriamente menos biodiversos que aquellos donde las ballenas grises viven y mueren cotidianamente. Acaso por las mismas razones una ballena gris pueda considerarse un peligro a la navegación comercial y de recreo, cuando una de las razones posibles de su desorientación sea justamente el ruido subacuático producido por las embarcaciones.



En el documental de 2011, The Whale, dirigido por Suzanne Chisholm y Eric Desatnik, se cuenta la historia de “Luna”, una cría de orca que queda separada de su familia y comienza a vivir en la bahía de Nootka en Canadá, creando estrechos lazos afectivos con la comunidad de ese sitio. Esto genera una enérgica reacción de parte del gobierno, que prohibe las interacciones directas con el cetáceo, a pesar de los esfuerzos del mismo por aproximarse amistosamente a las embarcaciones humanas.


En algún momento el Fisheries and Ocean Department canadiense organiza una captura de Luna con el objetivo de buscar reintegrarla a su pod de orcas, ante la oposición de la tribu Mowachant, quienes para impedirlo, entonan algunos cantos al cetáceo, quien comienza a seguirlos, escapando así de la trampa diseñada por el gobierno.



Imposible saber si el plan de reintegración de Luna con su familia hubiese tenido éxito. Le precede el fracaso de un intento similar realizado con Keiko en 2002, la popular protagonista del filme Liberen a Willy (1993), que terminó navegando sola en aguas noruegas, repudiada por el resto de ejemplares de su especie y buscando siempre la compañía humana. En el caso de Luna, la orca moriría golpeada por una embarcación comercial en marzo de 2006. A las restricciones sobre el contacto con un cetáceo que buscaba atención humana, se omitió aquellas que regularan la navegación en un litoral que esta había adoptado como su propio hogar.


Se vislumbra en estos ejemplos así como en el de Wally, una polémica áspera. ¿Resulta mejor para el cuidado de estos mamíferos marinos el modelo que nos restringe la interacción directa con ellos? Al encontrar un cetáceo desorientado y lejos de su hogar, ¿debiera considerarse contraproducente intentar formas de ayuda directa o incluso de consuelo, respuestas emocionales ante interpelaciones directas de parte de individuos no-humanos ante los cuales somos capaces de sentir empatía? ¿Hasta qué punto abstraer las actividades humanas de aquello que sucede en la naturaleza nos impide hallar modelos de coexistencia con individuos de otras especies? ¿Contemplamos la posibilidad de detener o disminuir, definitiva o temporalmente nuestra industria ante el signo de una ballena que se equivocó de mar?


Ante el esfuerzo encomiable de las autoridades por escoltar a Wally con la esperanza de que encuentre su camino de vuelta a casa, nos queda la imagen de la ballena acercándose a litorales llenos de turistas a los que se ha prohibido acercarse al cetáceo extraviado. Algunos infringen la norma, mientras otros observan asombrados y registran el acontecimiento en su celular.


No hay presagio sin duda sobre sus significados. En cierto sentido la respuesta que demos a una ballena que se equivocó de Océano es ya el síntoma de lo que anuncia su presencia transatlántica. En tal contexto surgirá alguna duda sobre la imposibilidad, tanto de las leyes como de nuestras disposiciones morales, de poder ayudar a aquellos migran y se pierden en el Mediterráneo.




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